Los viajes de los residuos tóxicos

Yolanda Gamell

En el mundo se generan grandes cantidades de residuos tóxicos. La irresponsabilidad de las empresas que los producen y de los gobiernos permite que se sigan exportando a países económicamente pobres, donde causan grandes daños medioambientales y de salud.

Este trabajador está calentando aqua regia, una mezcla con un 5% de ácido nítrico puro y un 75% de ácido hidroclórico puro que disuelve el oro. En ella se sumergen chips para recuperar pequeñas cantidades de oro. El trabajador respira, sin equipo de protección, humos ácidos, cloro y dióxido de sulfuro. Los lodos del proceso se tiran directamente al río.

Foto tomada por Basel Action Network en Guiyu, China, en diciembre del 2001.

 

La contaminación y los residuos tóxicos son la otra cara de la moneda del desarrollo industrial. Desgraciadamente la mayoría de industrias no gestionan adecuadamente sus residuos, a no ser que su imagen se vea amenazada o corran el riesgo de ser sancionadas. Debido a esta mala gestión, los residuos tóxicos son causa de graves problemas medioambientales y de riesgos para la salud humana.

No hace falta ir muy lejos para ver un ejemplo de esta realidad. La situación de los vertederos españoles es muy crítica, los vertidos en ríos son una práctica común, muy poco controlada, y sigue aumentando la generación de residuos tóxicos.

Para regular esta situación hay una legislación medioambiental cada día más estricta, aunque no se aplica con eficacia. Establece que los residuos que por su naturaleza no pueden ser tratados in situ deberán ser transportados a empresas autorizadas para su correspondiente tratamiento: deposición, incineración o neutralización química (reduciendo así su toxicidad). El alto coste que implica el cumplimiento de esta regulación lleva a ciertas empresas, de países industrializados, a sacar los residuos tóxicos de su territorio para verterlos en el mar, o transportarlos a países económicamente pobres.

En 1986 se redactó el Convenio de Basilea, que prohíbe la exportación de residuos peligrosos a países en vías de desarrollo sin consentimiento previo del país receptor. Puesto que no evitaba que muchos países aceptaran residuos a cambio de dinero, en 1995 se añadió una enmienda que obliga a la Unión Europea, la OCDE y Liechtenstein a prohibir cualquier exportación de residuos tóxicos. Es necesario que 62 países ratifiquen la enmienda para que entre en vigor (hasta hoy lo han hecho 41, 7 de los cuales ya han implementado la prohibición).

Un breve recorrido por diferentes países afectados por la problemática de los residuos tóxicos y peligrosos nos ayudará a comprender la necesidad de diseñar estrategias globales para proteger a todos los países de manera equitativa.

Empecemos por EE.UU., país que no ha ratificado el Convenio de Basilea y exporta unos 275 millones de toneladas al año, principalmente a países poco desarrollados industrialmente y carentes de una legislación ambiental estricta, como es el caso de Haití. Un país donde atracó un barco llamado Khian Sea que llevaba un cargamento de 14.000 toneladas de cenizas tóxicas, procedentes de las incineradoras de Filadelfia. Después de pasar dos años buscando un lugar donde verter su cargamento, en 1988 el Khian Sea pudo deshacerse de 4.000 toneladas gracias al beneplácito del dictador respaldado por EE.UU. Duvalier, que emitió un permiso para verter lo que consideraba "fertilizante" en la playa de Gonaives. No pudo deshacerse de toda su mercancía debido a la presión ejercida por parte de la población y de grupos ecologistas al percatarse de que no se trataba de fertilizante. El gobierno acabó aceptando esta consideración y reclamó a la embarcación que recogiese el cargamento que había vertido; pero ya era demasiado tarde: el barco había escapado de noche. En noviembre del mismo año vertió el resto de su cargamento en el Océano Índico.

La India, al igual que Haití, es un paraíso para las empresas que se quieren deshacer de sus desechos tóxicos. La empresa norteamericana HoltraChem, por ejemplo, intentó descargar 20 toneladas de mercurio en la India a principios del 2001, pero esta vez sus planes no tuvieron éxito gracias a la intervención de la red de ONGs Basel Action Network y a activistas hindúes, que consiguieron que el barco diera media vuelta hacia Estados Unidos cuando estaba en Egipto.

A parte de ser receptores de residuos tóxicos, la India junto con Pakistán, Bangladesh y China son países utilizados como cementerios de barcos. Las compañías propietarias de las embarcaciones reciben grandes cantidades de dinero a cambio de los barcos viejos sin tener que responsabilizarse de llevar a cabo una correcta gestión o recuperación de los materiales. Esto causa graves problemas de salud a los trabajadores que se ocupan del desmantelamiento, debido a la elevada toxicidad de ciertos componentes de los barcos.

Se calcula que un 12% de la degradación del suelo agrícola de la China es debida al vertido de residuos tóxicos industriales.

Foto de Zehng Shong publicada en el libro Perspectivas del medioambiente mundial. GEO 3 del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, Ed. Mundiprensa 2002.

 

 

Hay centenares de casos como éstos. La isla de Teshima, por ejemplo, ha sido utilizada como vertedero de los residuos tóxicos de Japón durante trece años. Si nos desplazamos hasta China podremos ver que actualmente este país cumple la función de vertedero electrónico mundial. O si nos acercamos a algún país africano como Zambia veremos que, debido a la presión ejercida por las multinacionales de pesticidas, actualmente tiene un legado histórico de 200.000 toneladas de residuos tóxicos, procedentes de países económicamente desarrollados.

Situaciones que se repiten con mucha frecuencia en diferentes países y que se agravan debido a la falta de laboratorios que analicen la composición de los residuos, a la escasez de personal sanitario para tratar a los afectados y a la falta de infraestructura para gestionarlos.

Esta vuelta alrededor del mundo nos ha mostrado cómo las industrias y los gobiernos eluden la responsabilidad de gestionar los residuos tóxicos que han generado o permitido. El seguimiento y la denuncia del problema son llevados a cabo sobre todo por ONGs. De hecho, algunos poderes públicos no parecen ser conscientes de que la exportación de residuos tóxicos constituya ningún problema: Lawrence Summers, ex economista jefe del Banco Mundial, manifestaba en 1991: "Creo que la lógica económica que hay detrás de verter residuos tóxicos en países con niveles salariales bajos es impecable".

Los ciudadanos debemos presionar a los gobiernos para que penalicen severamente a las empresas que se dedican a estas prácticas y para que favorezcan la proliferación de tecnologías limpias. Teniendo siempre en cuenta que el mejor residuo tóxico es el que no se produce.

El viaje virtual

CRIC — Pl. Molina 8, 1er, 08006 Barcelona
93 412 75 94 — cric@pangea.orgwww.opcions.org